Emociones y conducta: qué es la tendencia de acción y por qué importa

Si preguntas a varios especialistas qué son exactamente las emociones, no te van a dar una única definición. En lo que si hay bastante consenso es que, cuando aparece una emoción, se producen cambios en todo el cuerpo: en el cerebro, en la respiración, en el pulso, en los músculos, en las hormonas…
Lo notamos como sensaciones físicas: estómago revuelto, presión en el pecho, nudo en la garganta, manos sudorosas, calor en la cara… y también como ganas de hacer cosas muy concretas: llorar, reír, mandar un mensaje impulsivo, discutir, irse de un sitio, buscar consuelo, etc.
A esa probabilidad de actuar de una manera determinada cuando atravesamos una emoción concreta en Psicología la llamamos “tendencia de acción”: es como la dirección hacia la que te empuja la emoción.
Y aquí viene lo importante: la palabra clave es “tendencia”.
Una tendencia es una inclinación, algo que tira de ti hacia un lado. No es una orden. No significa que tengas que actuar de esa manera sí o sí, ni que te quedes sin alternativas.
Por ejemplo: recibes un mensaje seco o ambiguo de alguien importante para ti y notas el cuerpo en tensión. La tendencia de acción puede ser responder al momento, exigir explicaciones o leerlo una y otra vez buscando dobles sentidos. Eso está ahí. Pero sigues teniendo la opción de no contestar en caliente, esperar un poco, aclarar primero qué necesitas decir y cómo quieres decirlo.
O cuando estás muy enfadado con alguien, puedes notar con mucha fuerza las ganas de subir el tono, contestar mal o sacar cosas de hace años. Esa es la tendencia. Y, aun así, puedes decidir tomarte unos segundos, bajar el volumen de tu voz y decir lo que piensas sin atacar.
Lo que no puedes elegir (y lo que sí)
El punto es este: hay una parte que no controlas (la emoción que aparece, las sensaciones, la tendencia de acción) y otra parte en la que sí tienes margen (lo que haces con tu cuerpo y con tu conducta manifiesta).
En ACT jugamos mucho con esa diferencia. No prometemos que alguien deje de sentir enfado, miedo o ansiedad. Lo que sí trabajamos es que pueda:
- notar lo que siente sin pelear tanto con ello,
- y, al mismo tiempo, elegir cómo se comporta: qué dice, cómo lo dice, qué gesto pone, si se queda o se va, si actúa en caliente o espera.
Piensa en alguien que “pierde los papeles” cuando se enfada. La rabia va a seguir apareciendo. Lo que vamos a entrenar, poco a poco, es que pueda:
- darse cuenta de “estoy muy enfadado ahora”,
- sostener un poco esa sensación,
- y elegir bajar el tono, relajar la postura, usar palabras que no dañen la relación o pedir una pausa antes de seguir hablando.
Con la ansiedad, pasa igual. Podemos sentir toda la sintomatología física (corazón acelerado, sudor, nudo en el estómago) y mil pensamientos de “Va a salir mal”. Y la tendencia puede ser evitar, quedarnos en casa, no hablar, no exponernos. Y el trabajo es que, aun con esas emociones, podamos hacer lo que nos importa: ir a esa reunión, tener esa conversación, subir a ese avión, etc.
¿Eso es “fingir”?
Muchas veces, cuando explicamos esto, la reacción es:
“Vale, entonces tengo que fingir”.
Y la respuesta es: “No, no se trata de eso”.
No se trata de pretender ser quien no eres. La idea es casi la contraria: ser fieles a nosotros mismos, reconocer honestamente nuestros sentimientos, permitirlos, y a la vez, comportarnos como el tipo de persona que queremos ser. 🤍
Referencias
Harris, R. (2021). Hazlo simple (M. Manzano, Trad.). Ediciones Obelisco. (Obra original publicada en 2010).
